domingo, 15 de octubre de 2017

¿Qué ves cuando me ves?


La pregunta del título, reconocida por una famosa canción, expresa una inquietud que está presente en nuestras vidas: otros ven algo de mí que no puedo ver por mí mismo. Es que no puedo mirarme a mí mismo sino a través del espejo de la mirada de los otros. En la película Kaos (1984) un hombre vuelve a la casa de su infancia e imagina un diálogo con su madre fallecida. El hombre no llora por ella, porque la imagina viva, y dado que él la puede pensar, ella vive en su recuerdo. Sin embargo, llora por él: “Yo lloro porque tú no puedes pensarme a mí. Cuando estabas sentada aquí, yo decía: si ella desde la distancia me piensa, yo estoy vivo para ella, y eso me sostenía y me confortaba…ahora que tú estás muerta y ya no me piensas más, ¡ya no estoy vivo para ti…y no lo estaré nunca más!”. En cuanto ella ya no está para pensarlo, él ha perdido parte de su existencia. Algo de esto experimentamos muchas veces cuando sentimos la necesidad de que a alguien le importe cómo estamos, qué hicimos, o incluso pequeñas cosas de nuestra cotidianeidad.
Para el psicoanálisis es fundamental la idea de que la existencia nos viene del reconocimiento de los otros. Nos vemos en la mirada de los otros. Por ejemplo, un recién nacido puede “ver” pero su “mirada” se organizará a partir de la mirada de los otros.
Hay diferentes tipos de miradas que otorgan existencia y marcan la vida: 
-“La mirada que aprueba”: es la que nos otorga reconocimiento, nos apacigua, nos alienta, nos ubica en el tiempo y el espacio, nos gratifica. Por ejemplo, reparemos en las fotos que circulan en distintas redes sociales en espera de al menos un “me gusta”. En esa práctica, a la que estamos tan habituados, se expresa la necesidad de ser vistos para existir. Parafraseando a Descartes podríamos decir: “me ves, luego existo”.
-“La mirada que lastima”: es la mirada que inhibe, que paraliza, que humilla, que censura, que discrimina. La mirada de los otros puede ser muy cruel. Si bien es cierto que vivimos en una época donde se remarca que no nos debe importar lo que los otros piensen de nosotros o cómo nos miran; sin embargo, en el fondo hay una imposibilidad de que eso no nos afecte en algo, ya que, en parte, no podemos prescindir totalmente de esas miradas. Sin embargo, también es cierto que cabe la posibilidad de defendernos ante ellas y/o de minimizarlas.
-“La indiferencia, la no mirada”: es cuando los otros ven sin mirarnos, sin registrarnos, sin detenerse. Lo habremos experimentado: la indiferencia nos deja sin existencia en tanto nos tornamos un objeto para los otros. Ante eso, uno no puede ni siquiera defenderse. Entonces, nos volvemos trasparentes para los otros. Cuando nos falta la mirada de los otros nos sentimos perdidos, nos percibimos como un fantasma para nosotros mismos. 
Finalmente, cabe aclarar algo importante. Para el psicoanálisis, la mirada es siempre una interpretación que encierra intrínsecamente una dimensión de “paranoia” (persecutoria): siempre se trata de lo que yo “creo” que el otro ve en mí. Entonces, sólo cabe interpretar, y por eso mismo, los otros me ven de una manera a la cual no podré acceder nunca completamente. Siempre será una interpretación, un supuesto, una incógnita. Esto deja una puerta abierta para el error, para el malentendido o el equívoco. Hay un abismo entre los otros y yo, que es infranqueable. Uno nunca podrá ponerse totalmente en el lugar de los otros, éstos constituyen un límite.
En definitiva, los otros, en tanto nos miran, visten nuestra desnudez existencial, nos ven como nunca podremos vernos y eso hace que siempre dependamos de su mirada. Por eso, la mirada que nos da existencia propia, en el mismo acto, nos la quita, porque quedamos existiendo para otros. En palabras del filósofo francés, J. P. Sartre: “Soy poseído por el prójimo; la mirada ajena modela mi cuerpo en su desnudez, lo hace nacer, lo esculpe, lo produce como es, lo ve como yo no lo veré jamás. El prójimo guarda un secreto: el secreto de lo que soy”. Entonces “¿Qué ves cuando me ves?” implica una respuesta imposible. En ese misterio, nunca sabré realmente quién soy. 

Lic. Ariel Juan Bianconi. Psicoanalista.

domingo, 1 de octubre de 2017

¡La culpa no es de tu mamá!


La propia vida se recibe de otros, de nuestros padres, es un don que genera una deuda simbólica impagable. Esa deuda imposible de pagar, inevitablemente, funda un sentimiento de culpa propiamente humano. Por eso, ese sentimiento de culpa inconsciente es anterior a cualquier acto, no tiene que ver con haber cometido alguna acción reprochable. Todos los seres humanos tratamos de saldar esta deuda para no sentirnos culpables, tratamos de desculpabilizarnos, y lo hacemos desde diferentes posiciones inconscientes:
1.“Echarle la culpa a otro”: desde esta perspectiva se suele echar la culpa a otros como modo de aliviar el propio sentimiento de culpa. Esta posición también incluye a los que trabajan por hacerle sentir la culpa al otro, para que el otro entre en deuda y poder así manipularlo. Un ejemplo: en el primer relato de la película “Relatos Salvajes”, el psiquiatra (uno de los pasajeros) le dice al piloto del avión (ex-paciente), Gabriel Pasternak, que está dispuesto a estrellar el avión con todos sus pasajeros: “…vos sos una víctima, la culpa es toda de tus padres que te exigían demasiado…”. La escena termina con el avión dirigiéndose contra una pareja de ancianos. En la película se filtra un prejuicio que se suele atribuir al psicoanálisis que es la idea de que siempre culpabiliza a los padres, esto es una caricatura errónea. 
2.“Tratar de saldar la deuda”: desde esta posición se entra en una tarea imposible, obsesiva, infinita, que es el intento de saldar la deuda. Freud relacionó esto con la idea de “superyó” o conciencia moral que nos llena de mandatos y nos amenaza con el sentimiento de culpa. Entonces, se busca por todos los medios cumplir con esos mandatos para no sentir la culpa. Por ejemplo, Freud habló de la vida de los santos, cuanto más virtuosos eran más culpables se sentían, porque el “superyó” opera del siguiente modo: “cuanto más se lo obedece, más exige”. También en relación a esta posición, Freud identificó una culpa que antecede al delito, es decir, es posible que alguien cometa un delito para dar cuenta de esa culpa anterior y recibir castigo, para que la culpa tenga sentido. 
3.“No sentir culpa”: es el mandato de la cultura actual “no te sientas culpable”, especie de mandato “perverso” ya que lo propio de la perversión es no sentir culpa. En el campo de la perversión alguien puede llorar por miedo a ser castigado, no porque sienta culpa de lo que hizo.
        El psicoanálisis identifica estas tres posiciones diferentes que tienen en común la pretensión de evitar la culpa, por el contrario, el psicoanálisis invita a no evitar la culpa, ya que la culpa da cuenta del deseo. 
4.“La culpa da cuenta del deseo”: el deseo es del Otro (del don recibido de la Vida) y es siempre inconsciente. El deseo proviene de lo que supuestamente desearon que yo sea, de las expectativas de lo que yo debería ser, de lo que es mandado por el Otro con mayúsculas. La culpa está en no satisfacer ese deseo del Otro con el que estoy en deuda. Al no pagar hay una dimensión propia que no se entrega al Otro. El sentimiento de culpa da cuenta de que, en parte, se renunció a pagar la deuda con el Otro, porque, en cierto modo, se acepta que esa deuda por la vida es impagable y por eso también se acepta soportar algo de la culpa de no cumplir con el Otro. Entonces para poder tener vida propia se debe asumir algo de la culpa por no responder. Tener vida propia, separarse, descontarse de lo establecido, ir más allá de lo que estaba pautado para mi vida, no es sin soportar algo de la culpa. Genera culpa cortar con los vínculos parentales, con las exigencias de los hijos, con los mandatos sociales, con lo que se espera de nosotros. Se trata de soportar algo de la culpa por no responder. Voy a quedar en falta, no voy a ser lo bueno que se esperaba. Algo se tiene que perder. El psicoanálisis no apunta a culpabilizar a los padres ni a la persona analizante, ni a desculpabilizarlos, ni a calmar la culpa. Apunta a interrogar al que se siente culpable, a ponerle palabras a ese sentimiento, para que pueda establecer algo de lo propio sin quedar tomado totalmente por el deseo del Otro.  
Firma: Lic. Ariel Juan Bianconi. Psicoanalista.

domingo, 17 de septiembre de 2017

No sabremos lo que hacemos, pero somos responsables


En la opinión corriente se suele decir que alguien es “responsable” de un acto si fue “consciente” al momento de cometerlo. Si se llegara a comprobar que ese individuo “no sabía lo que hacía” es probable que se diga que no corresponde considerarlo plenamente responsable. Entonces, en esos casos, se considera que la “responsabilidad” tiene que ver con el “saber”. Sin embargo, esto no es así para el psicoanálisis: la “responsabilidad” no tiene que ver con la “conciencia”. La “responsabilidad” está ligada a la “consecuencias” de las acciones, y no al saber sobre ellas. Ampliemos esto: a) ¿Por qué para el psicoanálisis la “responsabilidad” no queda ligada a la consciencia o al saber del individuo que actuó de modo contrario a lo esperado? b) ¿Por qué la “responsabilidad” tiene que ver con las “consecuencias” de las acciones?
a) La responsabilidad desde el “saber”: esta es la visión que rechaza el discurso psicoanalítico, ya que en definitiva nunca nadie sabe plenamente lo que hace. Freud introdujo un golpe a la idea de la “racionalidad consciente” del individuo moderno a través de la idea de “inconsciente”, es decir, mostró que no tenemos control sobre todo lo que hacemos, que a veces hacemos cosas y no sabemos por qué las hacemos, o incluso, que no podemos dejar de hacerlas aunque nos lo propongamos. Entonces, Freud sostuvo, a partir de su trabajo clínico, que los seres humanos no son totalmente conscientes, ni plenamente libres, ni tampoco individuos autónomos o aislados de los demás, como a veces se suele creer. El tema es que todo ser humano nace en un contexto de relaciones sociales que lo preceden y que lo condicionan a ser, creer, valorar o pensar de un modo particular, propio de ese contexto espacial y temporal, o de esa cultura. Entonces las diferentes culturas y las relaciones sociales producen individuos. Por lo tanto, para el psicoanálisis no somos individuos autónomos, sino que todos somos productos sociales. Por ejemplo, una sociedad violenta tenderá a generar personas violentas, es por esto que las manifestaciones de sujetos violentos tienen que ser leídas en un contexto de violencia estructural. Si una persona delinque (y la polémica se agrava si esa persona es menor), es probable que se diga que es el “único” responsable porque sabía lo que hacía. Pero faltaría considerar que esa persona es producto de relaciones sociales por lo que el Estado, o la sociedad en general, también tienen “responsabilidad” por ella, y muchas veces suele ocurrir, que el Estado que no estuvo para garantizar la educación o la salud desde su nacimiento, aparezca luego, tal vez tarde, a través de la ley, para condenarla. Pero lo más relevante de todo esto es que, más allá de los condicionamientos sociales, al mismo tiempo, todos somos capaces de influir en esas condiciones, al descontarnos en parte de las relaciones sociales y abrir la posibilidad de generar relaciones diferentes o nuevas. Entonces, lo realmente importante es aquello que nosotros hacemos con eso que hicieron de nosotros, como ha dicho el filósofo francés J.P. Sartre.
b) La responsabilidad desde las “consecuencias de los actos”: esta es la visión que propone el discurso psicoanalítico, “la responsabilidad” queda unida a las “consecuencias de las acciones” y no al saber. Las consecuencias son de dos tipos:
1. “Lo que otros hicieron de mí” (Estado, sociedad, familia, semejantes que actúan sobre mí). En este sentido “no soy responsable” de lo que “otros hicieron conmigo o de mí”. Otros serán responsables de las consecuencias que generaron, pero “yo no soy responsable” en ese sentido. Por ejemplo, alguien que ha sido maltratado durante toda su infancia no es responsable de lo sufrido. Sin embargo, hay un riesgo en tomar esto como una conclusión que es que un sujeto quede fijado a un lugar de victimización. Muchas veces las personas se instalan en el lugar de víctimas o de pasividad, sin descartar los casos en los que se buscan diagnósticos para lograr cierta cómoda posición: “esto me pasa y yo no soy responsable por ello, entonces, no tengo obligación de hacer nada”. Ante esto, el psicoanálisis propone lo siguiente…
2. “Yo hago con eso que hicieron de mí”. Aquí sí, yo “soy responsable”, es decir, tengo que hacerme cargo de lo que yo hago hoy con eso que me sucedió. Es en este sentido que el psicoanálisis ofrece un espacio de trabajo. La posibilidad de asumirnos “responsables” nos saca de la posición de enfermos o de víctimas, nos saca de una posición pasiva. Y como ya se ha dicho, para el psicoanálisis somos responsables incluso de aquellas cosas que hacemos sin ser conscientes. Volviendo al ejemplo anterior “no soy responsable” si de niño me maltrataron, pero “sí soy responsable” de lo que ahora hago con eso ocurrido, y también “soy responsable” de muchas decisiones de la vida adulta marcadas por esa experiencia “aunque yo no sea consciente” de que eso está afectando mis acciones actuales. Entonces, no soy consciente, ¡pero soy responsable! O retomando otro de los ejemplos, es posible que una sociedad violenta haya hecho de alguien un sujeto violento, sin embargo, ese sujeto es responsable de lo que hace ahora con eso que hicieron de él/ella, y dado que es activo, “no es una víctima, ni un enfermo, ni un caso perdido”, entonces tiene posibilidades de hacer algo diferente y es responsable de hacerlo. Y como puede hacerlo, debe hacerlo. Tiene la obligación de hacerlo. Debe salir de la propia victimización. Es la postura ética que plantea el psicoanálisis: hacerse responsable.


Ariel Juan Bianconi.

domingo, 3 de septiembre de 2017

La ansiedad y el aburrimiento en los niños/niñas.


¿Quién no ha escuchado, al menos en alguna ocasión, la queja de adultos que se sienten agobiados por las excesivas demandas de sus hijos? Suelen expresar que sus hijos están a la vez ansiosos y aburridos, que no paran de pedirles cosas, que todo el tiempo tienen que atenderlos, que no les queda un momento ni siquiera para ir al baño con tranquilidad.
Las demandas de los hijos hacia los adultos son permanentes. La característica de toda demanda es la “inmediatez”. Las demandas quieren ser satisfechas “ya”,  inmediatamente, y las dificultades para poder esperar o para postergar el tiempo generan un estado emocional de “ansiedad”. Por eso, manejar la ansiedad tendrá que ver con la posibilidad de “construir una espera”. ¿Qué significa eso? Como veremos, no tiene que ver con recetas ni tips para controlar la ansiedad. Por el contrario, el psicoanálisis piensa la construcción de una espera a partir de la singularidad de un acto creador.
En el escrito “Tres ensayos para una teoría sexual” de 1905, Freud plantea un concepto fundamental para entender la posibilidad de postergar el tiempo o de esperar de una manera satisfactoria. Se trata del concepto de “autoerotismo” que es la capacidad de encontrar placer en y por sí mismo. Por ejemplo, Freud lo piensa en relación al chupeteo del bebé, como capacidad de autosatisfacción sin el pecho materno o el biberón. El bebé puede estar chupando su dedo o parte de una manta, así encuentra satisfacción en él mismo y eso indica el inicio de una cierta “autonomía”, es la posibilidad de empezar a construir una separación de la madre y de postergar el tiempo de la demanda.
Este proceso de creación y de autoerotismo lo podemos relacionar con el juego. En el juego hay creación, y en la creación hay placer, es una actividad autoerótica. Esto también tiene que ver con el tiempo: cuando estamos haciendo algo que nos gusta, el tiempo prácticamente no se registra, no hay ansiedad para que eso se termine, ni tampoco hay aburrimiento. En el libro “Realidad y juego” el psicoanalista D. Winnicott señala que el niño juega sólo en presencia de un adulto. ¿Por qué esto ocurre sólo en presencia de un adulto? Significa que, en definitiva, es adulto quien pudo resolver algo de su propia ansiedad, y eso se torna una condición de posibilidad para que un niño juegue y pueda hacer algo con su propia ansiedad y aburrimiento. Entonces, la ansiedad y el aburrimiento de los niños, pone de manifiesto, en parte, la ansiedad y el tedio de la vida de los adultos. Cuando un niño demanda a un adulto ansiosamente, en ocasiones suele ocurrir que el adulto responde con más ansiedad. Al pretender que esa “tierna criaturita” se calme y ya no lo demande, al buscar inmediatamente entretenerlo con algo, suele taparlo o colmarlo de objetos del mercado. Siempre es más fácil comprar un objeto cuando un niño demanda, pero lo que el niño demanda principalmente es un adulto que esté presente sin invadirlo, que le brinde contención y le permita crear, en tanto también es un adulto creador.
Para que el objeto de juego sea placentero, y postergue el tiempo, es necesario que, en parte, implique “creación propia”, tiene que estar mediado por nuestra imaginación. Se puede ver con facilidad en los niños, por ejemplo, un palo es un caballo, la arena se torna un castillo o una pizarra para dibujar. Cuando hay ansiedad se busca un objeto tras otro, porque rápidamente aburren y se necesita reemplazarlos por otros. El filósofo Walter Benjamin dijo: “cuando más lindo es un juguete menos sirve para jugar”. La industria del entretenimiento se basa en este principio, es por eso que muchos juguetes son cada vez más sofisticados, más lindos y cada vez menos se necesita que el niño recurra a la imaginación y a la creatividad. Esos juguetes aburren rápido, enseguida se necesita pasar a otro, es así como el entretenimiento dura cada vez menos, lo cual lleva a consumir otros objetos y de ese modo el mercado del hiperentretenimiento sigue su curso.

Entonces, el objeto sirve para jugar en tanto algo de la creatividad participa de su construcción. Esto es lo que brinda a los niños la posibilidad de estar/jugar solos. Es la posibilidad de que cuando sea adulto pueda soportar algo de la soledad creadora, de la soledad del que inventa, del que se pregunta, del que piensa, del que lee, del que mira un paisaje sin llenarse de ansiedad, porque ha logrado construir una espera en sí mismo a partir de la singularidad de un acto creador.

domingo, 20 de agosto de 2017

¿Dónde hay celos, hay amor?


Una mujer relataba una situación de celos de su pareja. Ella había recibido a través de una red social una postal con un paisaje y una frase poética. La pareja de la mujer comenzó a decirle que a través de un mínimo detalle en una de las imágenes y de algunas palabras había podido descubrir un mensaje de amor en código que le había dejado su amante. Convencido, le decía: “no soy tonto, me doy cuenta, juntos se están riendo de mí”.
Esta historia nos invita a pensar en los celos: ¿Los celos son intrínsecos al amor? ¿O son términos contrarios, es decir, “donde hay celos, no hay amor”? Desde la perspectiva psicoanalítica, la respuesta requiere admitir diferentes niveles de análisis. En general podemos decir que los celos quedan incluidos en la lógica del amor y del deseo. Esto es así porque los celos dan cuenta de un intento de control sobre el amor. Pero no nos resulta posible controlar lo que siente el otro, entonces, alguna dimensión de celos estará siempre presente en el amor. Se traduce en la pregunta insistente: “¿me querés?”, “¿me amás?”. Deseo controlar el deseo del otro, “deseo el deseo del otro”, deseo ser deseado por el otro. Cuando amo al otro, me amo en el otro. Entonces: ¿dónde hay celos, hay amor? Podemos decir que sí, porque el amor tiene que ver con el “amor propio”. Gabriel García Marquez lo expresó con estas palabras: “Te quiero no por quien eres sino por quien soy cuando estoy contigo”.
Freud reconoció distintos tipos de celos:  
“Los celos se cuentan entre los estados afectivos, como el duelo, que es lícito llamar normales. (…) los tres estratos o niveles de los celos merecen los nombre de: 1) de competencia o normales; 2) proyectados; y 3) delirantes.” (Freud, 1922)
Freud habló de celos de “competencia” o “normales” y los comparó con los “duelos”. Tanto en los celos como en los duelos hay dolor ante una pérdida, se trata de una especie de afrenta al yo, lo que ocurre tiene que ver conmigo, con mi “amor propio” (narcisismo), me afecta a mí. Porque cuando hay una pérdida, o cuando alguien se va, se lleva parte de nuestro ser, se lleva lo que éramos cuando estábamos juntos. Entonces, la estructura general de los celos tiene un cierto contenido “paronoico” en el sentido de que siempre esa “sospecha” sobre el otro tiene que ver con la “imagen de uno mismo” (narcisismo). Pensemos ejemplos: cuando alguien descubre que su expareja ha iniciado otra relación amorosa; o cuando hay amigos en común y se siente que hay una complicidad mayor entre los otros; o cuando esto evoca la rivalidad fraterna, los celos entre hermanos. En esta idea narcisística hay envidia, reproches y autoreproches, sentimiento de traición, entre otros.
El segundo tipo son los celos “proyectados”. En este caso, se trata del deseo de la propia infidelidad reprimida que resulta proyectada en el otro. Le pasa a él/ella, pero lo desconocen de sí mismos, y lo ponen afuera, en el otro/a. Por ejemplo, muchas veces, el que más cela es el que tiene un mayor deseo de infidelidad (aunque nunca la lleve a cabo).

En tercer lugar, están los celos “delirantes”. Aquí podemos retomar la historia inicial ya que se trataría de este caso. ¿Por qué es un delirio? El delirio está en la “certeza” inquebrantable del marido de que ella lo engaña. No duda y la mujer no tiene forma de disuadirlo. Esto se diferencia de los celos proyectados, no estamos en un deseo de infidelidad “reprimido” y proyectado en el otro; es delirio porque acá “falla de la represión”: directamente “ama”. En el ejemplo del inicio, el marido (siempre en un registro inconsciente) ama al otro, con certeza, ama a un tercero y acusa a su pareja -en este caso, la esposa- de amarlo. Entonces, la acusa con certeza a ella de amar a otro hombre, porque él lo ama (aunque no lo asuma). Freud asoció esta “falla de la represión” con el “delirio”, es decir, con la forma de experimentar la sexualidad del “celoso/a delirante”. Cabe aclarar que Freud, en el contexto del año 1922, había llamado a los primeros “celos normales” y siguiendo esa línea llamó a estos últimos “anormales”, sin embargo, el psicoanálisis contemporáneo -casi cien años después- ha rechazado tajantemente la distinción entre “normalidad” y “anormalidad” en relación a la sexualidad. Por último, recordemos que hemos hecho referencia a “la experiencia del que siente celos” (no a la del celado/a) y que esto no tiene nada que ver con la “realidad” del engaño, que puede haber ocurrido o no. 

domingo, 23 de julio de 2017

Los duelos


“Cuando un amigo se va, queda un espacio vacío, que no lo puede llenar la llegada de otro amigo”. Alberto Cortez
A lo largo de la vida pasamos por diferentes momentos que nos enfrentan a distintas pérdidas, pero sólo algunas de ellas nos llevan a un duelo. Algunas pérdidas son del orden de lo contingente y otras son del orden del amor. En primer lugar, podemos decir que el duelo implica haber amado, posee la significación del amor. Hacemos duelo por cosas que son parte de nuestro ser. En la obra “Duelo y Melancolía” (1915) Freud afirma que “el duelo es la reacción frente a la pérdida de una persona amada o de una abstracción que haga sus veces, la patria, la libertad, un ideal, etc.”.  Entonces, podemos hacer duelo por un ser amado que murió o que nos ha dejado de amar, por un desarraigo involuntario, por la pérdida de un trabajo, de los años de juventud, o por cualquier situación que haya sido significativa para nosotros. 
De ese modo, Freud ubica al duelo como un “estado normal” frente a las pérdidas, a diferencia de la melancolía, que quedaría asimilada a una depresión grave. El planteo de Freud de que el duelo es un “dolor afectivo normal” es importante porque implica no rechazar ni negar el dolor al enfrentar una ausencia. Para pensar esto tomo prestado un ejemplo de Gabriel Rolón en el libro “Cara a cara” (2015): una mujer perdió un hijo y las personas que la rodeaban insistían en el argumento de que debía ponerse bien rápidamente en nombre de sus otros dos hijos. La mujer sentía gran enojo ante esas palabras, ella necesitaba estar mal, sentir el dolor por su hijo perdido, elaborar la pérdida para poder seguir. No necesitaba negarlo. El dolor le permitía detenerse, dar cuenta de lo ocurrido, atravesar el duelo y asumir la situación.
Entonces, otra idea importante es que los duelos implican un tiempo donde nos permitimos sentir el dolor de la falta del ser querido y su ausencia. En otras épocas el tiempo de los duelos estaba estipulado socialmente, por ejemplo: en un primer momento, el mandato era vestir completamente de negro, no asistir a fiestas, sólo a rituales religiosos, luego se pasaba a un medio luto, hasta el final estipulado. Estas pautas han ido perdiendo actualidad, lo que no quiere decir que no haya duelos que tramitar. Podría pensarse que los imperativos actuales de estar bien y de no detenerse, son contrarios a los necesarios momentos de duelo, importantes para elaborar nuestro malestar.
Sin embargo, no se trata solamente del paso del tiempo. Para pensar esto, propongo un ejemplo de mi propia práctica clínica: una persona me hablaba de la pérdida de un ser querido como si hubiese ocurrido la semana pasada y cuando le pregunté en qué momento había ocurrido eso, contestó que hacía más de doce años. Esto va en contra de la idea de que basta el mero paso del tiempo para la elaboración de la pérdida. Freud propone la necesidad de un trabajo para el duelo y de un tiempo para su elaboración, ¿qué significa “trabajo”? El poeta argentino Roberto Juarróz dice: “ir poniéndole palabras al mudo dolor de una pérdida”. El trabajo pasa por poner en palabras el dolor.
Para el psicoanalista argentino David Nasio, sentir dolor ante un duelo es una forma de reaccionar ante lo ocurrido, una forma de resistir, de defenderse. Por ello, sostiene que para quien atraviesa un duelo“el dolor es la expresión de una defensa, la última barrera que alguien puede levantar para no zozobrar en la locura o la muerte” (Nasio, 2009). 
Entonces el dolor es para seguir viviendo. Duele el cuerpo frágil, la garganta, la cabeza, el pecho, la <marca es imborrable> y el espacio queda irremediablemente vacío. Sin embargo, tampoco el sólo dolor permite el duelo. Hay que ponerlo en palabras, otorgarle un sentido, hacerle un lugar en nuestra vida, contarlo e integrarlo en la propia historia, lo que significa trazar una <segunda marca> en esa primera marca imborrable, que permita vivir, que permita no caer en la locura o en la desesperación. De lo contrario, la pérdida de un ser querido sería el final.
Para finalizar, podemos interpretar la canción de Alberto Cortez en clave de lo dicho: es probable que vengan nuevos amigos, es posible la llegada de otros seres queridos y el cumplimiento de otros sueños distintos a los que se han diluido, y aunque resulta cierto que jamás podrán llenar el “espacio vacío”, indican que hemos hecho algo con eso al asumirlo como parte de nuestra historia para poder seguir viviendo.
                                                                                           

Firma: Lic. Ariel Juan Bianconi. Psicoanalista.

domingo, 9 de julio de 2017

Jugar es cosa seria


Un niño juega para ser niño, casi paradójicamente, el jugar lo convierte en niño. Para Freud, el juego le permite al niño construir un “adentro”, es decir, una interioridad subjetiva (“realidad psíquica”), una instancia singular en la que crea un mundo propio interior y original, poblado de fantasías y de posibilidades de despliegue de la creatividad, de aprender, estudiar y crecer. En el artículo “El creador literario y el fantaseo” (1908), Freud plantea que “lo opuesto al juego no es la seriedad, sino…la realidad efectiva”, es decir, lo opuesto a la interioridad es “un afuera” o exterior. Para Freud, el juego es algo serio porque es la posibilidad de armar un adentro y un afuera: queda constituido para el niño/a una realidad interior y placentera, diferenciada de una realidad efectiva y exterior, dimensión percibida como amenazante.  
El niño pone mucha pasión en lo que hace jugando. En el juego puede hacer un despliegue de sus fantasías, hay una ganancia de placer que se hace independiente de la aprobación de la realidad. Pero no siempre juega un niño: un niño no juega cuando está demasiado inmerso en la realidad efectiva, que, en tanto externa, se puede tornar excesiva y agobiante. Esta dimensión amenazante de la realidad puede darse tanto en un ambiente de sobreprotección como en la carencia de atención o afecto; son formas de violencia externa, física o simbólica, que interfieren en la capacidad de jugar.
Donald Winnicott (1896-1971), psicoanalista, reformula la separación dicotómica marcada por Freud y considera que el juego es un espacio transicional “entre” el adentro y el afuera. Profundiza la idea diciendo que un niño solamente podrá jugar si hay un entorno facilitador para el juego, si hay una realidad suficientemente buena que se lo permita. Esto es tarea del adulto. Para el psicoanálisis, ser adulto, más que una determinada edad cronológica, es una actitud que posibilita que un niño pueda jugar. El adulto crea la posibilidad para que el niño juegue pero no porque le regala los juguetes más sofisticados del mercado, sino porque sus actitudes posibilitan que el niño encuentre un espacio placentero para jugar.
Sin embargo, el adulto que permite jugar, también juega. Para el psicoanálisis, lo infantil es más que un período acotado o una etapa de la vida, por el contrario, atraviesa toda nuestra existencia. Las características de lo infantil a lo largo de la vida adulta se expresan principalmente en las fantasías donde van a tener lugar los deseos. También se manifiesta en los sueños, en los chistes, en el juego de los adultos. Podríamos plantear que el deseo en el adulto no tiene un contenido, precisamente porque su contenido es lo infantil.  Dice Freud en la obra citada: “el adulto deja, pues, de jugar; aparentemente renuncia a la ganancia de placer que extraía del juego, pero quien conozca la vida anímica del hombre sabe que no hay cosa más difícil para él que la renuncia a un placer que conoció. En verdad, no podemos renunciar a nada; sólo permutamos una cosa por otra; lo que parece ser una renuncia es en realidad una formación de sustituto…Así, el adulto… en vez de jugar, ahora fantasea. Construye castillos en el aire, crea lo que se llama sueños diurnos”.
Los sueños diurnos o fantaseo tienen que ver con la exaltación de la personalidad o con la sexualidad y los deseos. Generalmente los ocultamos porque incluso nos avergüenzan. Sin embargo, al mismo tiempo, son una defensa; los adultos necesitamos el juego o fantaseo para que la realidad efectiva no sea tan agresiva. El fantaseo es una instancia que nos acompaña toda la vida.
En los adultos muchas veces el juego es considerado algo devaluado o secundario, por eso es común escuchar “somos grandes para jugar” y también referir al juego como un pasatiempo o hobby que se hace, o que se debería hacer, antes o después de hacer cosas serias o importantes. Sin embargo, para Freud, el juego es cosa seria. El espacio de trabajo en psicoanálisis es lo más parecido a un juego, se trata de un juego con las palabras. Por eso Freud compara al “creador literario” o al “poeta” con la instancia de creación de nuevos mundos en el juego. En el artículo de 1908 dice: “el poeta hace lo mismo que el niño que juega: crea un mundo de fantasía al que toma muy en serio, vale decir lo dota de grandes montos de afecto al tiempo que lo separa tajantemente de la realidad efectiva”.  
De poetas, de niños y de locos, todos tenemos algo y eso es lo que nos permite jugar a que es posible otra realidad y en ese mismo acto, propiciarla. Ahora bien, de acuerdo a lo anterior, también trae el psicoanálisis una mala noticia: lamentablemente no hay garantías en el juego, nada de esto dice que el juego no pueda ser el de la guerra, el de la explotación o el del sometimiento de otros.   


Firma: Lic. Ariel Juan Bianconi. Psicoanalista.

El cuerpo desde Freud y Lacan

 “Lalengua y el cuerpo desde el psicoanálisis lacaniano”  Por: Lic. Ariel Juan Bianconi Índice: 1.      Introducción 2.      Desarrollo ...